La Axarquia Malagueña

     REPORTAJES DSALUD NÚMERO 142 / OCTUBRE / 2011
EL SOL Y LA VITAMINA D, ÚTILES EN NUMEROSAS DOLENCIAS
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Centenares de estudios realizados en las últimas décadas avalan la importancia preventiva y terapéutica contra numerosas patologías –cáncer incluido– de tomar el sol o, en su defecto, de ingerir vitamina D cuando hay carencia de ella. Propiedades preventivas y protectoras que la mayoría de los médicos y oncólogos parecen desconocer. Sépase pues: tomar el sol o pasear bajo él entre 15 y 20 minutos al día –incluso en las horas de menor intensidad– activa toda una serie de mecanismos biológicos que hasta pueden prevenir la aparición y el desarrollo tumoral. Y es que hay más de 1.000 genes directamente relacionados con “la vitamina del sol”. Un “tratamiento” tan potente, eficaz y económico como poco valorado.

En todas las culturas antiguas el sol fue símbolo de vitalidad porque siempre y en todas partes se fue consciente de su poder terapéutico. Antes de la era de los antibióticos, por ejemplo, tomar el sol era la única terapia eficaz contra la tuberculosis; nadie sabía la razón pero cuando se enviaba a los tuberculosos a descansar a lugares soleados regresaban notablemente mejorados o completamente curados. Y el mismo “tratamiento” se utilizaba desde 1822 para el raquitismo, deformación ósea en los niños provocada por la incapacidad del organismo para producir huesos sólidos. Tal enfermedad había aumentado en Europa en los siglos XVIII y XIX coincidiendo con la industrialización y la migración masiva de gente del campo a las contaminadas ciudades de la época siendo un médico de Varsovia, Jerdrzej Sniadecki, quien al darse cuenta de que ese problema era relativamente raro en los niños de las zonas rurales de su país decidió exponer a los infantes enfermos de la ciudad al sol descubriendo que a menudo bastaba hacer eso para mejorar su estado o curarles. Posteriormente, en 1824, D. Schütte comprobaría que también ayudaba en el raquitismo la ingesta de aceite de hígado de bacalao. Y en 1861 el médico francés Armand Trousseau plantearía la tesis de que quizás el raquitismo lo causara una dieta deficitaria unida a falta de luz solar. Debería sin embargo pasar casi un siglo para que ello se corroborara. A principios del siglo XX unos investigadores demostraron que irradiar con luz la piel de ratas con raquitismo inducido artificialmente lograba lo mismo que la ingesta de aceite de hígado de bacalao. Poco después, en 1919, el científico alemán K. Huldschinsky conseguiría de hecho curar el raquitismo en niños utilizando luz ultravioleta producida artificialmente. La solución más fácil seguía siendo no obstante proporcionar a los niños una dieta adecuada e ingerir aceite de hígado de bacalao.
En principio se creyó que la clave era la vitamina A -soluble en grasa- del aceite de hígado de bacalao sobre la que el científico norteamericano Elmer McCollum estaba trabajando pero en 1922 éste descubrió que había además otra sustancia desconocida a la decidió llamar vitamina D que parecía estar relacionada con el raquitismo.
Luego otros trabajos esporádicos apuntaron la utilidad de la vitamina D en cáncer. Corría la década de 1930 cuando los investigadores S. Peller y C. S. Stephenson cotejaron que entre el personal de la Marina estadounidense había numerosos casos de cáncer de piel -entre otras enfermedades- pero apenas de otro tipo y coligieron por ello que quizás el cáncer de piel confería cierta inmunidad ante otros tipos de cáncer. Varios años más tarde el doctor Frank Apperly encontraría una asociación distinta: “La presencia del cáncer de piel es en realidad un acompañamiento ocasional de una cierta inmunidad al cáncer de alguna manera relacionada con la exposición a la radiación solar”. Es decir, que lo que prevenía los otros tipos de cáncer era tomar el sol aunque el exceso de éste pudiera provocar cáncer de piel. Tal observación no tuvo sin embargo apenas eco entre la comunidad científica.
Habría que esperar hasta 1980 -cuatro décadas después- para que los hermanos Frank y Cedric F. Garland publicaran en International Journal of Epidemiology un clarificador artículo con el título ¿Reducen la luz del sol y la vitamina D la probabilidad de padecer cáncer de colon? en el que postularían que es la vitamina D que el organismo produce al exponerse al sol y el calcio que la misma ayuda a absorber lo que reduce el riesgo de cáncer de colon. En los años siguientes los Garland constatarían que esos beneficiosos efectos se obtienen igualmente en los cánceres de mama, riñón, vejiga, ovario y endometrio así como en los casos de diabetes tipo I.
De ahí que en el último cuarto de siglo los estudios sobre la función de la vitamina D no hayan hecho sino ampliarse revelando que la “vitamina del sol” incide efectivamente en la prevención y desarrollo de numerosas enfermedades. Siendo cada vez mayor, por lo que al cáncer se refiere, la evidencia científica que muestra que la denominada vitamina D -en realidad una hormona precursora que normalmente se produce en la piel a través de la acción de la luz del sol sobre el 7-dehidrocolesterol (molécula precursora del colesterol)- parece proteger del cáncer. En resumen, y tal como se afirma en el estudio Bases moleculares del potencial de la vitamina D para prevenir el cáncer (2008) de Ingraham, Bragdon y Nohe -uno de los muchos trabajos recientes que avalan la eficacia de la vitamina D-, “un creciente cuerpo de investigación apoya la hipótesis de que la forma activa de vitamina D tiene efectos significativos protectores contra el desarrollo de cáncer. Los estudios epidemiológicos muestran una asociación inversa entre la exposición al sol, los niveles séricos de 25-hidroxivitamina D y el riesgo de desarrollar y/o sobrevivir al cáncer. Los efectos protectores de la vitamina D son resultado de su papel como factor de transcripción nuclear que regula el crecimiento celular, diferenciación, apoptosis y una amplia gama de mecanismos celulares fundamentales para el desarrollo del cáncer. Un número significativo de personas tienen niveles séricos de vitamina D inferiores a lo que parece proteger contra el cáncer y la comunidad científica está por ello revisando sus directrices para obtener una salud óptima”.
Cabe agregar que de la gran importancia que podría tener la vitamina D –junto al calcio- en la lucha contra el cáncer dan fe los títulos de algunas de las ponencias del simposio que con el lema Vitamina D y Cáncer: ¿promesa o realidad? se celebró en Madrid el pasado mes de marzo: “Vitamina D: acción antiproliferativa y la conexión con el cáncer”, “Vitamina D y Cáncer: datos epidemiológicos”, “Vitamina D y Cáncer: prevención y terapia”, “Mecanismo de acción de la vitamina D en cáncer de colon”, “Acción de la vitamina D en cáncer de próstata”, “Acción de la vitamina D en cáncer de mama”, “Efectos inmunomoduladores de la vitamina D: implicaciones en el tratamiento del cáncer” y “Efectos antiangiogénicos y antimetastásicos de la vitamina D”.

EL DOCTOR DALGLEISH Y EL MELANOMA

Debemos hacer un inciso para recordar que desde hace años se viene haciendo creer a la población desde los medios de comunicación que el melanoma -cáncer maligno de piel que puede extenderse a los órganos internos y provocar la muerte- está directamente relacionado “con la exposición al sol” cuando lo correcto sería decir que un “exceso” de radiaciones ultravioletas a “horas poco propicias” puede ser causa de cáncer de piel. Y luego aclarar que en realidad el 90% de los cánceres de piel no son melanomas y las formas más comunes son los carcinomas de células basales y escamosas que son benignos y curables.
Es más, empieza a haber datos suficientes como para poner en entredicho la responsabilidad del sol tanto en la aparición como en la extensión de los melanomas. El pasado mes de mayo por ejemplo el Daily Mail británico publicó un artículo que provocó un gran revuelo –¡Sí! Una dosis de sol puede proteger contra el cáncer de piel- en el que el oncólogo escocés especializado en melanomas Angus Dalgleish, hombre de piel pálida, rubio y pecoso que durante gran parte de su vida ha evitado el sol, reivindicaba el papel de éste y de la vitamina D ¡como línea de defensa contra los melanomas! “Ahora creo –decía- que en lugar de reducir el riesgo de cáncer de piel rehuir el sol podría en realidad aumentarlo porque necesitamos el sol en nuestra piel para producir vitamina D. Así que, irónicamente, muchas campañas pueden haber contribuido a que millones de personas tengan déficit de sol poniéndolas en situación de riesgo”. Y Dalglesih sabe bien de qué habla ya que hace 15 años investigó el potencial de la vitamina D para combatir el cáncer de mama encontrándolo muy eficaz aunque el proyecto se abandonara por razones técnicas.
No es en cualquier caso el único interesado en este tema. En julio de 2008 el British Medical Journal publicó un artículo del doctor Sam Shuster, un dermatólogo que analizó algunas de las investigaciones que relacionaron la exposición al sol con el melanoma y encontró algunos datos muy significativos. Entre ellos, que…
…los cánceres de piel más inofensivos, los de células basales y células escamosas, surgen en las zonas del cuerpo expuestas al sol pero no es ése el caso ¡del 75% de los melanomas malignos!
…en los lugares más cercanos al ecuador, donde la población soporta una exposición al sol más intensa, el número de casos de melanomas malignos no es mayor que en las zonas con menos sol.
…la incidencia de melanomas malignos y posible muerte como consecuencia de los mismos es menor entre quienes pasan más tiempo al sol (el texto cita once estudios que apoyan esta conclusión).
…inducir en laboratorio un melanoma maligno utilizando luz ultravioleta es más difícil que inducir un carcinoma de células basales o escamosas. De ahí que Shuster llegue a afirmar: “La luz ultravioleta puede proteger contra algunas formas de cáncer -incluyendo el melanoma- porque tiene importantes y no explicados efectos inmunológicos”.
Un año después, en el 2009, investigadores de la Universidad de Leeds harían un contundente descubrimiento: tener en el organismo déficit de vitamina D es un claro factor de riesgo de padecer un melanoma. El estudio -financiado por el Cancer Research del Reino Unido- concluyó que entre las personas con melanomas malignos que presentaban en sangre niveles bajos de vitamina D en el momento del diagnóstico la probabilidad de recaída con respecto a los que tenían niveles más altos era un 30% mayor. “Nuestros resultados –explicaría Julia Newton Bishop, directora del estudio- sugieren que los pacientes con melanoma pueden necesitar obtener más vitamina D a través del consumo de pescado graso o tomando suplementos para asegurarse de que tienen niveles normales. Seguiremos en todo caso llevando a cabo investigaciones para determinar el nivel óptimo de vitamina D”.
En otro estudio de ese mismo año –titulado Serum 25-Hydroxyvitamin D3 Levels Are Associated With Breslow Thickness at Presentation and Survival From Melanoma” en Journal Clinical of Oncology- otros investigadores evaluaron la relación entre los niveles de vitamina D y los melanomas malignos para lo que se controló a 871 personas durante casi 5 años. Y las conclusiones fueron claras: a mayor nivel de vitamina D menor tamaño del tumor, menor riesgo de recaída y claro aumento de la supervivencia.
Al conocer ambos estudios Sara Hiom, Directora de Información de Salud del Cancer Research del Reino Unido, afirmó: “Estos dos estudios apoyan la tesis de que un mayor nivel de vitamina D aumenta las posibilidades de sobrevivir al cáncer. La clave está en conseguir el equilibrio adecuado entre la cantidad de tiempo pasado al sol y los niveles de vitamina D necesarios para una buena salud”.
Y hay más. En este mismo año de 2011 un trabajo llevado a cabo por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford (California, EEUU) concluye que aunque la ingesta de calcio y vitamina D no parece reducir la incidencia de cáncer de piel en las mujeres a partir de los 50 años sí disminuye la incidencia de melanomas entre las que han sufrido un carcinoma basocelular o espinocelular. En este grupo de riesgo tomar suplementos de calcio y vitamina D podría llegar a reducir ¡en un 57%! el riesgo de sufrir melanoma.
Con todos estos datos al antes mencionado doctor Dalgleish le bastó sumar las experiencias ajenas a la suya propia para llegar a una conclusión: “En lugar de reducir el riesgo de cáncer de piel el hecho de evitar el sol, siguiendo las directrices actuales, podría en realidad aumentarlo. De hecho el sol podría proteger del melanoma”. Así que tratando de ser coherente decidió dar a sus pacientes vitamina D. “Quedé asombrado -escribiría después- pues esperaba reducir la incidencia en un 30% y llegó al 90%. Aquello cambió todo para mí. Ahora pruebo en todos mis pacientes con melanoma la vitamina D. Si sus niveles son bajos les doy un suplemento. La gran pregunta es: ¿mejora la tasa de supervivencia? No lo sabemos aún. Lo estamos proponiendo desde hace apenas seis meses pero es la respuesta sensata a la evidencia existente hasta el momento. En cuanto al resto de nosotros deberíamos dedicar más tiempo a tomar el sol. Muchos jóvenes han desarrollado raquitismo porque sus padres, de forma bienintencionada, las pusieron desde que nacieron cremas de protección solar cada vez que salían a la calle”.
Dalgleish ha decidido pues ir más allá y él mismo ha empezado a tomar un suplemento de 1.000 I.U. tres veces a la semana como medida de prevención. Agregando: “Me gustaría que en todas las unidades oncológicas se comprobara de forma rutinaria el nivel de vitamina D en sangre de los enfermos. Es barato y rápido. Garantizo que los resultados sorprenderán. No me extrañaría nada que la vitamina D resulte ser más útil para mejorar los resultados en los casos de recidiva precoz que fármacos de 10.000 libras al año. Me pasé una década estudiando el Interferónpor el que el Sistema Nacional de Salud paga 10.000 libras por paciente y año para obtener un resultado muy escaso cuando a mi juicio con simple vitamina D puede lograrse mayor beneficio”.

CÁNCER DE MAMA

Debemos añadir que la relación entre la vitamina D y el cáncer de mama es probablemente una de las más estudiadas hasta el momento. Un metaanálisis realizado en el 2005 que se publicó en American Journal of Public Health constató que en 9 de los 13 estudios realizados se concluyó que tener en sangre un nivel elevado de vitamina D se asocia a un menor riesgo de padecer cáncer de mama o morir por su causa. Y otro tanto puede decirse de los cánceres de próstata y colon.
Otro estudio relevante fue el publicado en el 2007 en American Journal of Clinical Nutrition. En él un grupo de mujeres posmenopáusicas fueron tratadas con vitamina D (1.100 UI al día) y calcio (1.400-1.500 miligramos al día) mientras a otro sólo se les dio calcio y a un tercer grupo un placebo. Los resultados mostraron que entre las mujeres que tomaron conjuntamente vitamina D y calcio durante los siguientes cuatro años el cáncer se redujo en un 60%. De hecho se constató que por cada 10 ng/ml de aumento en el nivel de vitamina D en sangre el riesgo relativo de cáncer se reduce en un 35%. En todo tipo de cáncer, no sólo en el de mama. Llegándose a la conclusión final de que bastan 1.100 UI diarias de vitamina D y gramo y medio de calcio para reducir notablemente el riesgo de padecer todo tipo de cáncer.
La investigadora principal del trabajo, Joan Lappe -profesora de la Universidad de Creighton- diría por ello sin ambages: “Tomar un suplemento de vitamina D disminuye en las mujeres posmenopáusicas la incidencia de cáncer en un 60%. Los resultados son muy alentadores. Confirman lo que muchos defensores de la vitamina D sospechan desde hace algún tiempo y que hasta ahora no había sido demostrado en ensayos clínicos: que la vitamina D es una herramienta fundamental en la lucha contra el cáncer así como en muchas otras enfermedades. Hay un gran número de pruebas de que las poblaciones de los países del primer mundo tienen deficiencia de vitamina D y si se les da más podremos prevenir el cáncer y otras enfermedades”.
Un año después, en el 2008, Pamela Goodwin terminaría otro nuevo trabajo en el que tras analizar los casos de más de 500 mujeres que fueron tratadas durante 11 años se encontró con que entre las que presentaban un déficit de vitamina D en el momento de diagnosticárseles el cáncer de mama hubo un 73% más de muertes aumentando a casi el doble en las demás las recidivas y las metástasis.
Más ejemplos. En el número de junio de 2010 de American Journal of Clinical Nutrition se incluyó un artículo evaluando la asociación entre el riesgo de cáncer de mama respecto a la vitamina D y el calcio. Los investigadores examinaron en este caso datos de 3.101 enfermas de cáncer de mama diagnosticadas entre 2002 y 2003 en Canadá y encontraron que entre las mujeres que suplementaron su dieta con apenas 400 U.I. al día su estado era significativamente mejor. Y ese mismo año, en la edición de junio de 2010 de Breast Cancer Research and Treatment, los investigadores presentaron un metaanálisis de 11 estudios que examinaron la ingesta de vitamina D y el riesgo de cáncer de mama. Pues bien, se reveló una fuerte correlación entre los niveles altos de vitamina D y un menor riesgo de padecerlo. Los investigadores concluyeron pues que la ingesta de vitamina D parece prevenir el cáncer.

VITAMINA D Y CÁNCER DE COLON
 
Desde que en 1985 el equipo de Cedric F. Garland publicara en The Lancet su trabajo Dietary vitamin D and calcium and risk of colorectal cancer: a 19-year prospective study in men en el que se observó que el riesgo de cáncer de colon aumenta en la medida en que disminuye en sangre la presencia de vitamina D estudios epidemiológicos posteriores confirmarían esa asociación.
En Noruega han sido inscritos en elRegistro de Cáncer todos los casos detectados desde 1953. Pues bien, unos investigadores noruegos examinaron la influencia de la latitud -es decir, de la cercanía o lejanía al ecuador y, por tanto, a las regiones más soleadas- en la supervivencia de casos de cáncer de colon -el trabajo se tituló Solar radiation, vitamin D and survival rate of colon cancer in Norway (2005)- concluyendo que “la radiación solar contribuye significativamente a la presencia en suero de calcidiol y 25-hidroxivitamina D en los seres humanos, incluso en las latitudes altas del norte de Noruega. Así, a finales de verano la concentración sérica de calcidiol es aproximadamente un 50% más alta que a finales del invierno, momento en el que la radiación solar en Noruega contiene muy poca radiación ultravioleta para poder inducir la síntesis de vitamina D3 en la piel humana. Esto parece influir en el pronóstico del cáncer de colon. Aquí informamos de que la tasa de supervivencia de cáncer de colon en hombres y mujeres, evaluados 18 meses después del diagnóstico, depende de la estación del año en que se produjera el diagnóstico. Una alta concentración sérica de calcidiol en el momento del diagnóstico, es decir, al inicio de la terapia convencional, parece dar una mayor tasa de supervivencia”. En otras palabras, tomar el sol mejora la supervivencia entre los enfermos de cáncer de colon porque aumenta el nivel en sangre de calcidiol.
Asimismo, en el 2009 se publicó en British Journal of Cancer un estudio titulado Prospective study of predictors of vitamin D status and survival in patients with colorectal cancer dirigido por el Dr. Kimmie Ng que igualmente se centró en la relación entre los niveles de vitamina D y el cáncer de colon. En él los investigadores siguieron a 1.017 pacientes con cáncer de colon durante nueve años valorando parámetros como la información sobre la radiación ultravioleta B (UVB), la exposición al sol de los enfermos, su tipo de piel, el índice de masa corporal y la ingesta de vitamina D a través de los alimentos y suplementos. Pues bien, los resultados mostraron que las personas que tienen niveles altos de vitamina D al ser diagnosticadas tienen un 50% menos de posibilidades de morir de cáncer. Y que el riesgo de mortalidad por cualquier causa -no sólo por cáncer- es un 38% menor. “Nuestro estudio – afirmaría el profesor Kimmie Ng- indica que el nivel de vitamina D cuando a alguien se le diagnostica un cáncer colorrectal puede ser importante para la supervivencia”.
Aunque no hace falta ir al extranjero para encontrar investigadores interesados en desentrañar los secretos de la vitamina D. El doctor Alberto Muñoz Terol, profesor de Investigación del Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols -organismo dependiente delConsejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)- aseguró en las jornadas Metabolismo del calcio. Aplicaciones clínicas organizadas por la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados el pasado mes de abril que la vitamina D, utilizada de forma preventiva en los casos en que se detecta carencia de la misma, podría ayudar a reducir a la mitad las muertes por cáncer de colon en España (unas 10.000 al año). Muñoz aseguró entonces que no es un tratamiento terapéutico para el cáncer de colon “pero sí un eficaz tratamiento preventivo”. Agregando: “La forma más activa de vitamina D se produce de forma natural en el cuerpo exponiéndose a la luz solar. Bastan veinte minutos semanales, cuando la intensidad de la radiación es suficiente, para producir toda la vitamina D que necesita el ser humano”.
Es más, investigadores españoles del Instituto de Oncología Vall d’Hebron, en colaboración con el mencionado Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols, han confirmado recientemente el papel esencial de la vitamina D en el cáncer de colon. Concretamente de su receptor VDR al frenar la acción de una proteína clave en el proceso de transformación cancerígena de las células en el cáncer de colon. Los resultados se publicaron el pasado mes de agosto en PLoS One. “Nuestro estudio –explicaríaHéctor Palmer, coordinador del trabajo y responsable del Laboratorio de Células Madre y Cáncer del Instituto de Oncología Vall d’Hebron- ha confirmado el papel esencial del VDR en el control de la señal anómala que desata el crecimiento y la multiplicación incontrolada de las células del colon que, en última instancia, acaba provocando la aparición del tumor. La estimulación de este receptor reprime la acción de la proteína beta-catenina atajando así la serie de acontecimientos que transforman la célula intestinal en una célula tumoral maligna”.
Y los citados son sólo algunos ejemplos.
¿Y por qué nadie afirma que la vitamina D -en forma de 1,25-hidroxivitamina D como ahora veremos- previene o incluso permite tratar el cáncer por sí sola? Porque para demostrar eso habría que testarla sola frente a un placebo y eso no se permite. ¿La razón? Que un gran estudio clínico controlado que demostrase que basta tomar el sol todos los días quince o veinte minutos o ingerir vitamina D natural -por ejemplo, aceite de hígado de bacalao- no es patentable y no da dinero. Así que estudiar científicamente tal posibilidad -y otras muchas similares- está, lo crea el lector o no, prohibido.

¿CUÁNTO Y CÓMO?

Conviene explicar que el término vitamina D se refiere generalmente a dos moléculas muy similares: la vitamina D3 -también conocida como colecalciferol la crean las células de la piel a partir de un producto precursor del colesterol, el 7-dehidro colesterol, en respuesta a la luz ultravioleta B (UVB) que irradia el sol- y la vitamina D2 o ergocalciferol que deriva de un esterol vegetal y tiene ligeras diferencias estructurales. Y la verdad es que hasta hace muy poco se pensaba que ninguna de las dos tenía actividad biológica en el organismo hasta que no eran modificadas por una serie de enzimas en el hígado que las transforman en 25-hidroxivitamina D o calcidiol, molécula que posteriormente se transforma merced a nueva enzima -descubierta por primera vez en el riñón- en 1,25-hidroxivitamina D o calcitriol. Sin embargo en los últimos años se ha descubierto que en muchos tejidos -incluyendo las células del sistema inmune y de la piel- se puede también encontrar la enzima que convierte la 25-hidroxivitamina D en 1,25-hidroxivitamina D. Hoy sabemos además que la piel no es el único órgano que puede fabricar 1,25-hidroxivitamina D en presencia de luz ultravioleta.
Lo importante en todo caso es que esta molécula actúa como una especie de interruptor que activa y desactiva genes en prácticamente todos los tejidos del cuerpo humano. Es decir, puede hacer que una célula produzca o no una determinada proteína. Tiene en suma capacidad para activar genes en muy diferentes células. Y eso explica los amplios efectos fisiológicos de la vitamina D. De hecho hoy se sabe que regula al menos 1.000 genes diferentes incluyendo los que están envueltos en el procesamiento del calcio en el cuerpo así como muchos otros con un papel crítico en una amplia variedad de actividades celulares defensivas.
¿Y está la vitamina D presente de forma natural en los alimentos? Pues sí, pero en muy pocos: en los pescados grasos -como el salmón, las sardinas, la caballa o el arenque- y, sobre todo en sus aceites -destacando el aceite de hígado de bacalao-, en la yema del huevo,en la leche, en los hígados de vaca, cordero y cerdoy, en menor medida, en las setas shitake y en los cereales integrales.De ahí que sea excepcionalmente difícil obtener niveles adecuados de la misma sólo con la alimentación. Y es que los niveles óptimos de 25-hidroxivitamina D deben estar en el rango de 30 a 50 ng/ml (o 75 a 125 nmol/L), algo que no se alcanza en la mayoría de los países europeos por falta de luz solar siendo los países nórdicos los más deficitarios.
Cabe añadir que la vida media de la 25-hidroxivitamina D en el organismo es de 4 a 6 semanas así que sin sol, suplementos, alimentos reforzados o alimentos ricos en vitamina D su nivel decae significativamente en otoño e invierno. Por ejemplo, se sabe que el nivel medio en los británicos de 45 años baja de 30 ng/ml en septiembre a 15 ng/ml en febrero. Afortunadamente en España disfrutamos mucho más del sol.
Respecto a la dosis no existe consenso sobre la más adecuada. En la actualidad la IDR (Ingesta Diaria Recomendada) de vitamina D es de 200 UI hasta los 50 años, de 400 UI para las personas de 51 a 70 y de 600 UI para los mayores de 70… pero está claro que parecen cifras pensadas única y exclusivamente pensando en la fortaleza ósea. Y ni aún así se cumplen.
De hecho en los estudios efectuados sobre las posibilidades de la vitamina D frente al cáncer y otras enfermedades es unánime la opinión de que tales cantidades son insuficientes. Lo ideal según se deduce de esos trabajos es una ingesta oral diaria de entre 1.000 y 4.000 UI (depende del punto de partida en sangre al iniciar el tratamiento) teniendo en cuenta que 1.000 UI D diarias por vía oral aumentan en sangre el nivel de 25-hidroxivitamina D aproximadamente en 11,5 ng/ml. Dicho de otra forma: una mujer adulta de piel blanca expuesta al sol en verano mientras lleva bikini genera alrededor de 10.000 UI de vitamina D en 15 a 20 minutos. Y que nadie piense que una mayor exposición al sol le va a proporcionar una cantidad más alta de vitamina D ya que llega un momento en que los rayos ultravioleta B (UVB) terminan por degradarla previniendo así que se acumule en exceso en la piel.
Y si lo que está usted ahora preguntándose es si ingerida diariamente puede la vitamina D provocar toxicidad le diremos que ésta se produce cuando llega a un nivel de 150 ng/ml o más en sangre lo que supondría -dependiendo del nivel de partida- ingerir diariamente entre 40.000 o 50.000 UI durante un largo período de tiempo. Por tanto una dosis de hasta 10.000 UI de vitamina D por día parece ser segura; así lo indica al menos el trabajo Vitamin D Deficiency aparecido en el 2007 en New England Journal of Medicine. Lo que nunca se ha observado es toxicidad inducida por vitamina D cuando ésta se genera tomando el sol.
Concluimos contando que según este último estudio…
…entre los niños a los que en su primer año de vida se les suplementó la alimentación con 2.000 UI al día hubo luego un 78% menos de casos diabetes tipo I.
…entre los niños con déficit de vitamina D hubo el doble de casos de diabetes tipo I.
…entre los niños a los que se dio 800 UI diarias de vitamina D y además calcio hubo un 33% menos de casos de diabetes tipo II.
…el número de caídas entre las personas mayores que tomaban más de 1.000 UI de vitamina D al día fue un 72% menor.
…el riesgo de padecer cáncer entre las personas con déficit de vitamina D -la que suelen ingerir menos de 400 UI al día- aumenta entre el 30 y el 50%.
“La evidencia acumulada –aseveran por su parte Luz E. Tavera-Mendoza y John H. White en Cell Defenses and the Sunshine Vitamin- sugiere que los efectos a corto y largo plazo de un déficit de vitamina D -incluso leve- pueden ser múltiples y se manifiestan más tarde en la vida en forma de aumento de la frecuencia de fracturas de huesos, mayor susceptibilidad a las infecciones y enfermedades autoinmunes y tasas más elevadas de ciertos tipos de cáncer. La investigación revela que la población se beneficiaría de forma considerable si se tomase conciencia de los amplios beneficios fisiológicos que tiene la vitamina D, hubiese consenso médico sobre los beneficios que proporciona exponerse al sol y se recomendara de forma clara cuál es la ingesta óptima diaria de vitamina D que deberíamos consumir con los alimentos”.

Antonio Muro
 

     REPORTAJES NÚMERO 117 / JUNIO / 2009
   JAMES OSCHMAN: “LAS ENFERMEDADES PUEDEN TRATARSE BIOENERGÉTICAMENTE SIN NECESIDAD DE FÁRMACOS”

El investigador norteamericano James L. Oschman –experto en Biología Celular, Biofísica y Fisiología, áreas en las que ha trabajado en importantes universidades y laboratorios- y autor de obras como Medicina energética: su base científica y Energy Medicine in Therapeutics and Human Performance- sostiene que la ciencia puede explicar cómo la electricidad y los campos magnéticos de nuestros órganos –lo que ha permitido desarrollar dispositivos como los electrocardiogramas y los electroencefalogramas- fluyen desde nuestro cuerpo y pueden interactuar con el de los demás, tanto a nivel local como ¡a distancia! Y que las enfermedades pueden pues tratarse bioenergéticamente.

James L. Oschmanes un norteamericano tranquilo, abierto y cordial -al que no cuesta imaginar balanceándose en el porche de su hogar comiéndose la típica tarta de manzana mientras habla pausadamente con sus invitados- que ha nacido con la rara virtud de explicar de forma sencilla lo que otros se limitan a negar porque no entienden o consideran sin fundamento. Invitado al Congreso Internacional de Quantum-Salud -dispositivo bioenergético del que ya hablamos en el nº 48 de la revistay puede leer en nuestra web: http://www.dsalud.com- recientemente celebrado en Barcelona cautivaría a los asistentes por su convencimiento de las posibilidades terapéuticas que tiene el mero contacto íntimo del hombre con el planeta. Y no hablaba desde un punto de vista ecológico o espiritual sino de cuestiones tan aparentemente banales como la importancia que tiene para la salud el simple hecho de estar en contacto con la tierra ¡poniendo en ella los pies descalzos!
Lo singular es quien tal cosa afirma no es un chamán sino alguien quelleva años investigando y enseñando en los ámbitos de la Biología Celular, la Biofísica y la Fisiología en importantes centros y laboratorios de medio mundo como la Universidad de Cambridge (Inglaterra), la Universidad Case-Western Reserve de Cleveland (Ohio, EEUU), la Universidad de Copenhague (Dinamarca), la Universidad Northwestern de Evanston (Illinois, EEUU) y el Laboratorio Biológico Marino de Woods Hole (Massachusetts, EEUU). Es más, durante dos décadas su especialidad fue el estudio de la microscopía de electrones, la estructura microscópica y la función de los diversos tipos de células y tejidos. Hasta que un doloroso problema de espalda, probablemente causado por estar flexionado sobre los microscopios durante largos períodos de tiempo, cambió su vida. Y es que para curarse usó la técnica conocida como Rolfing siendo el médico que le atendió quien encendió su curiosidad por la “energía curativa”, campo de investigación sobre el que no había escuchado nada en el ámbito académico. Oschman se preguntó entonces por qué los diversos e importantes descubrimientos que le contaban sobre las terapias energéticas nunca eran objeto de cursos o seminarios en los círculos académicos, por qué nadie en esos ámbitos quería hablar de la energía manejada por sanadores como herramienta terapéutica. Y su búsqueda de respuestas le acabó llevando a explicar en el lenguaje de los propios académicos que la rechazaban las bases de lo que muchos denominan aún Medicina Energética ignorando que toda terapia tiene sus raíces en los comportamientos bioeléctricos que a nivel celular se producen a cada milisegundo. Así que si bien escuchó a muchos terapeutas y sanadores que parecían saber mucho de energías decidió centrarse inicialmente en el estudio de los campos magnéticos y biomagnéticos por ser éstos indiscutibles y relativamente fáciles de medir. Un trabajo que sin embargo le llevó años y dio lugar a multitud de artículos y conferencias que finalmente plasmaría en dos libros -Medicina Energética: su base científica y Energy Medicine in Therapeutics and Human Performance- en los que brinda a los científicos academicistas más escépticos, a los terapeutas y al público en general la base teórica para explorar la Fisiología y la Biofísica de las denominadas medicinas energéticas. Porque para Oschman la base científica que sustenta la medicina clínica moderna es la misma que explica la existencia del aura o cuerpo energético.

LOS ELECTRONES DE LA TIERRA Y LOS PROCESOS INFLAMATORIOS

-Doctor, tenemos entendido que según sus investigaciones el flujo de electrones procedente de la tierra que causa una clara sensación de bienestar al andar descalzos sobre la hierba o la arena de la playa ayuda terapéuticamente hasta en los procesos inflamatorios. ¿Cómo es eso posible?
-Son cada vez más los investigadores que consideran que la mayor parte de las enfermedades tienen su origen en procesos inflamatorios provocados por radicales libres y eso conecta las enfermedades crónicas con una situación que es describible en términos electrónicos o energéticos. Un radical libre es una molécula a la que le falta un electrón. Y sus efectos destructivos se explican en términos de rápidas y violentas reacciones que tienen lugar cuando las cargas eléctricas se redistribuyen entre las moléculas. Violentas reacciones que rompen los enlaces químicos responsables de la integridad de las paredes celulares de las bacterias, las membranas celulares, afectan al ADN, dañan el tejido conectivo y otras estructuras… Un ejemplo apreciable a simple vista de esa reacción violenta la vemos al encender un fósforo pues la llama es el proceso a través del cual el oxígeno rompe los electrones de los enlaces que mantienen unidos las moléculas liberando calor y luz. Todos estamos asimismo familiarizados con otro proceso similar aunque un poco más lento: la “quemazón” que tiene lugar cuando experimentamos el calor, enrojecimiento, hinchazón, dolor y pérdida de movimiento que suelen acompañar toda respuesta inflamatoria.
Bueno, pues diversas investigaciones -que cito en mis artículos y libros- demuestran que hay rápidos y profundos efectos antiinflamatorios en el hecho de restablecer y mantener un contacto eléctrico natural entre la tierra y el cuerpo humano. Dado que la inflamación es consecuencia de un déficit de cargas negativas cualquier mecanismo que aporte electrones en el lugar donde se desarrolla una lesión disminuye la probabilidad de que se inicie un ciclo de inflamación persistente. De hecho los medicamentos antiinflamatorios y los antioxidantes son moléculas cargadas eléctricamente que permiten transportar gran cantidad de electrones capaces de reducir el nivel de radicales libres en los lugares donde se desarrolla la inflamación. El problema es que esas moléculas antiinflamatorias pueden a su vez convertirse en radicales libres una vez donan sus electrones para neutralizar los radicales libres. Además los procesos metabólicos necesitan retirar el antioxidante que ha renunciado a su electrón y eso plantea nuevas exigencias al sistema energético del organismo. Nuestra hipótesis es que los electrones libres, sin embargo, pueden actuar directamente sobre los radicales libres sin las desventajas de las sustancias químicas antioxidantes. Y eso ocurre cuando nuestro cuerpo entra en contacto con la tierra que es una gigantesca fuente natural de electrones libres. En suma, los electrones libres actúan como antiinflamatorios y sin efectos secundarios.
-En tal caso la tierra es una fuente inagotable de “antioxidantes”…
-Nadie puede discutir científicamente que la superficie de la tierra posee una ilimitada y continua renovación de electrones libres. La superficie de la tierra es conductora de electricidad y mantiene un potencial negativo. Existen tres generadores eléctricos en el circuito global atmosférico: el viento solar que penetra en la magnetosfera, el viento ionosférico y las actividades meteorológicas. Es verdad que la conductividad de la tierra varía según el lugar y depende del agua y de su contenido en minerales así como de la vegetación y otros factores pero éstos tienen relativamente poco efecto sobre la capacidad de absorción de electrones mediante el contacto con la tierra. En pocas palabras, la tierra es una fuente de electrones y el sistema inmunitario funcionaría mejor si estuviéramos más en contacto con ella –es decir, descalzos- durante largos períodos de tiempo. El día en que empezamos a usar calzado nos aislamos de ella y desde entonces los niveles de estrés han aumentado y los de inmunidad han disminuido.
-¿Cómo pueden los electrones libres procedentes del campo terrestre fluir hasta los lugares dónde se están desarrollando procesos inflamatorios?
-Existen estructuras de conducción de electricidad entre la superficie de la piel y los órganos y tejidos internos que hoy se utilizan en una amplia variedad de dispositivos de diagnóstico; como el electrocardiograma y el electroencefalograma. Estas técnicas utilizan electrodos en la superficie de la piel para detectar campos eléctricos generados por el corazón y el cerebro, respectivamente. Obviamente si hay un camino de conducción desde un órgano interno a la superficie de la piel el circuito trabaja también en la dirección opuesta, desde la piel hasta el órgano. Por otra parte, la conducción desde la piel hasta el interior del cuerpo está también demostrada por el éxito de diversas terapias que utilizan microcorrientes y frecuencias específicas. Esto da significado a una amplia gama de modalidades terapéuticas que ofrecen electricidad al cuerpo o que pueden provocar movimiento de los electrones dentro del organismo. Es posible que muchos de los beneficios de las terapias energéticas así como de los diversos dispositivos de medicina energética deban en parte su capacidad al hecho de que facilitan la movilidad y capacidad de los electrones para penetrar en las zonas inflamadas neutralizando los radicales libres que contribuyen a tantas enfermedades crónicas.

TODA LA MEDICINA ESTÁ BASADA EN LA ENERGÍA

-¿Podría explicarnos qué entiende usted entonces por Medicina Energética?
-En cierto sentido, toda medicina es medicina energética. La Medicina Energética implica la comprensión de cómo el cuerpo crea y responde a campos eléctricos, magnéticos y electromagnéticos -incluyendo la luz y el sonido- así como a otras formas de energía como el calor, la presión, la energía química y elástica o la gravedad. Los médicos y científicos que reaccionan negativamente ante el concepto de Medicina Energética olvidan que hay muchas tecnologías médicas que utilizan diferentes formas de energía para el diagnóstico y tratamiento. Los rayos X y la resonancia magnética se hallan en la categoría del diagnóstico. Las medidas pasivas de los campos eléctricos producidos por el organismo también son importantes en el diagnóstico: electrocardiogramas, electroencefalogramas, electrorretinogramas y electromiogramas. Y cada una de esas herramientas de diagnóstico ha desarrollado recientemente una contraparte biomagnética: magnetocardiogramas, magnetoencefalogramas, magnetoretinogramas y magnetomiogramas. Y así sucesivamente. Los investigadores han desarrollado la biopsia magnética, la biopsia eléctrica y la biopsia óptica. Y estimuladores transcutáneos nerviosos, marcapasos cardiacos, desfibriladores, láseres, electrocauterizadores o campos magnéticos pulsantes son también ejemplos de modalidades terapéuticas que usan la energía y forman parte hoy de la medicina convencional.
-Sin embargo al referirnos a la Medicina Energética estamos asumiendo la existencia de un campo de energía que rodea al ser humano y que por lógica puede influenciarse tanto localmente como a distancia para conseguir efectos terapéuticos. ¿Tiene alguna duda, desde su formación académica, de la existencia de ese campo de energía humano?
-Hoy no puede haber dudas de la existencia del campo energético humano. En muy pocas décadas los científicos han pasado de la convicción de que no existen campos de energía alrededor del cuerpo humano a la certeza de que sí existen y son médicamente importantes. Por eso cada vez más médicos toman ya sus decisiones de tratamiento atendiendo a las mediciones de los biocampos.
El primer campo de energía humano que se documentó fue el del corazón y su investigación dio lugar hace ya casi un siglo al electrocardiograma gracias a Einthoven, Premio Nobel en 1924 por sus logros. Alrededor de un cuarto de siglo más tarde Bergermidió el campo eléctrico del cerebro lo que dio lugar a la electroencefalografía. Posteriormente la investigación de los propios Einthoven, Berger y otros establecería que el corazón y el cerebro producen campos bioeléctricos que viajan a través de los tejidos del cuerpo y se pueden registrar con electrodos en la superficie del cuerpo. Hay una ley fundamental en Física, la Ley de Ampère, que dice que cuando las corrientes fluyen a través de conductores -sean cables o tejidos vivos- se producen campos magnéticos en su entorno espacial. Y dado que los tejidos vivos son conductores de electricidad las leyes de la Física requieren que las corrientes creadas por el corazón y otros músculos así como el cerebro y los nervios periféricos produzcan campos en el espacio alrededor del cuerpo. Son los llamados campos biomagnéticos. Pues bien, el campo biomagnético del corazón fue medido en Siracusa (Nueva York) en 1963 con dos bobinas, cada una con dos millones de vueltas de cable. Mientras, casi al mismo tiempo, tenía lugar en Cambridge (Inglaterra) un descubrimiento que revolucionaría las mediciones de los campos biomagnéticos y permitiría ganar el Premio Nobel a Brian Josephsonuna década más tarde gracias al desarrollo de un magnetómetro muy sensible llamado Squid (Superconducting Quantum Interference Device). Hablamos de unos magnetómetros que desde entonces se utilizan en laboratorios de investigación médica de todo el mundo para estudiar campos de energía humanos; son los casos de la magnetoencefalografía y la magnetogastrografía.
El campo biomagnético, por tanto, deriva de la corriente eléctrica pulsante creada por los tejidos. Por lo que el campo de energía global, visto desde la distancia, sería un compuesto de todos los campos; el más grande el del corazón. Y como quiera que la sangre es muy buena conductora de electricidad el conjunto del sistema circulatorio pulsa con electricidad cada vez que el corazón late.
La segunda fuente más potente de electricidad es la retina que actúa como una gran batería que cambia la polaridad cuando la luz cae sobre ella.
Y el tercer campo más fuerte es el que producen los diversos músculos. Con los más grandes produciendo campos grandes y con los diminutos -como los que mueven los ojos- produciendo campos pequeños. El campo del cerebro tiene la milésima parte de fuerza que el del corazón. E insisto: el campo energético del cuerpo es el resultante de la combinación de todos esos campos.
-¿Los electrones que absorbemos desde la tierra pueden modificar nuestro campo energético?
-Probablemente, aunque no haya estudios que lo certifiquen. Dado que los electrones sirven para conducir corrientes y el principal campo electromagnético está producido por el corazón éste debe expandirse con la afluencia de electrones.
-¿Teniendo en cuenta entonces la existencia del cuerpo energético como la suma de los campos de todos los órganos y tejidos puede entonces hablarse de curación energética?
-Ese concepto ha sido durante mucho tiempo contestado en círculos académicos pero las actitudes están cambiando debido a algunas investigaciones médicas básicas. Gran parte del mérito se debe a C. Andrew, a L. Bassetty a sus colegas de la Universidad de Columbia en Nueva York (EEUU) por su persistencia en la superación del escepticismo y los enormes obstáculos administrativos para que la terapia de campo electromagnético pulsante sobre los huesos se incorporara a los tratamientos médicos. La investigación demostró que ciertos campos magnéticos pueden acelerar el proceso de curación en fracturas que no han podido curar, incluso después de cuarenta años. Bassett y sus colegas también investigaron el uso de estos campos electromagnéticos pulsantes sobre otros problemas musculoesqueléticos como la osteoartritis, la osteonecrosis y la osteocondritis teniendo un éxito considerable. Las frecuencias que son capaces de estimular la reparación tisular se encuentran en el rango biológico de frecuencia extremadamente baja (ELF). Dos ciclos por segundo (1 ciclo = 1Hz) son efectivos para la regeneración nerviosa, siete Hz son óptimos para el crecimiento del hueso, diez Hz se utilizan para los ligamentos y frecuencias algo más elevadas para la piel y capilares. Pero no podemos quedarnos ahí. Si avanzamos un paso más en el mundo de la Física llegaremos a la Ley de la Inducción de Faraday, una ley básica del electromagnetismo. Faraday demostró en 1831 que un imán en movimiento cerca de un conductor induce un flujo de corriente eléctrica en el conductor. Es decir, campo eléctrico y campo magnético van unidos. Tal es de hecho la base de la moderna Magnetobiología, disciplina que explora los efectos de los campos magnéticos en los sistemas vivos. Lo importante de todo esto en cualquier caso es que explica científicamente la eficacia de terapias como el Reiki o curación mediante imposición de manos merced a la trasferencia de energía humana, la Acupuntura, el equilibrado del aura, la terapia sacrocraneal, la Terapia de Polaridad y tantas otras. Mire, en un valioso estudio el Dr. John Zimmermanconstató que el pulso de campo producido por las manos de los profesionales del llamado toque terapéutico no es constante en su frecuencia sino que varía por instantes a través de la misma gama de frecuencias en la banda ELF que los investigadores médicos han identificado como eficaces para iniciar o acelerar el proceso de curación de los distintos tejidos que han investigado. Parece pues probable que uno de los efectos de las distintas terapias energéticas, de contacto y no contacto, sea introducir en los tejidos la misma frecuencia sanadora que los investigadores médicos han identificado como claves en la curación de los tejidos.
-¿Y cómo se llevaría a cabo el proceso curativo?
-El descubrimiento de que los campos magnéticos pulsantes pueden estimular la reparación de los huesos y otros tejidos llevó a toda una serie de cuidadosos estudios sobre la forma en que funcionan. Como resultado tenemos una detallada comprensión de cómo los campos de energía pueden poner en marcha el proceso de curación en diferentes tejidos. De hecho hay varias hipótesis plausibles bajo investigación pero voy a describirle la que ha sido estudiada con mayor profundidad. Hay dos partes en esta historia. En primer lugar tenemos una imagen detallada de la cascada de reacciones que tienen lugar desde la superficie de la célula al citoplasma y al núcleo, a los genes, en donde los efectos selectivos sobre el ADN ya se han documentado. En segundo lugar existe un fenómeno llamado de amplificación que permite a un campo muy pequeño producir un efecto grande. Una sola molécula hormonal, un neurotransmisor o un simple fotón de energía electromagnética, puede desencadenar una respuesta celular. Uno de los principales pasos en el proceso de amplificación es la activación de un canal de calcio a fin de que cientos de iones de calcio inunden la célula donde diversos procesos celulares implicados en la reparación de tejidos que han sido dañados se reactiven. El aspecto más importante de esta investigación es que campos muy pequeños pueden producir grandes efectos. Y es que los tejidos vivos son en realidad mucho más sensibles a los campos externos de lo que nunca imaginamos. Infiero por ello que las terapias energéticas son valiosas para prevenir e incluso curar algunas de las más graves enfermedades. De hecho estoy convencido de que muchas de ellas pueden tratarse bioenergéticamente sin necesidad de fármacos.
Estas terapias actúan además preparando el terreno para permitir que las células puedan migrar hasta aquellos lugares en que son más necesarias para efectuar una reparación. Por otra parte generan confianza y transmiten calma al enfermo lo que hace que su sistema inmunitario funcione mejor.

EMOCIONES E INTENCIONES

-¿Y cómo interactúan estados de ánimo como la tranquilidad, la ansiedad o las distintas emociones con los campos energéticos?
-El Instituto HeartMath realizó un estudio pionero sobre la relación entre los campos energéticos del corazón y los estados emocionales viendo, en esencia, que los sentimientos de amor, compasión y aprecio producen armónicos particulares en el espectro de frecuencia del electrocardiograma que afectan beneficiosamente a cada célula del cuerpo. Por su parte, el miedo, la ira y la ansiedad afectan negativamente el campo y eso también se comunica a través de vías energéticas a cada una de las células del cuerpo. En suma, los sentimientos modifican –positiva o negativamente- el campo eléctrico del corazón.
También constató que las frecuencias de los sentimientos positivos se pueden trasmitir hacia las manos a través de los nervios -pero sobre todo a través del sistema vascular conductivo- pudiéndose luego transmitir desde ellas biocampos sanadores en el paciente.
Agregaré que los nuevos conocimientos en Epigenética enseñan que al parecer tanto lo que pensamos sobre nosotros mismos como las palabras emitidas por la gente que nos rodea pueden provocar cambios en el ADN de las moléculas. Se dice por eso que el ADN de cada célula del cuerpo “escucha” cada palabra que se pronuncia. Por lo que la matriz vital vibratoria, el sistema vital que lo une todo en el organismo y que permite la trasmisión de oscilaciones biológicas desde las membranas celulares al ADN, probablemente desempeña un papel clave en la entrega de las vibraciones de nuestras palabras y pensamientos a cada molécula de ADN del cuerpo. Ahora bien, esto sí es una hipótesis que necesita ser probada.
-¿Y en qué medida la intención del terapeuta cuenta en la curación?
-Hay consenso entre los terapeutas de que la intención sí influye. Una vez leí una historia sobre un cirujano que antes de operar reza y visualiza que la operación será un éxito. Y al parecer obtiene grandes éxitos en operaciones muy complicadas. Hay asimismo aspectos del Reiki que son como una oración. Sería un punto de vista espiritual con un componente científico. En Estados Unidos hay ya mucha gente que antes de ser operada pide someterse a sesiones de Reiki. Ciertamente es bonito tener a una persona contigo que te calme, que te tranquilice, pero es que todo indica que ese simple contacto humano mejora el sistema inmunitario del enfermo. Numerosos cirujanos han comprobado que funciona y los pacientes necesitan menos tiempo y medicación para recuperarse.
-Lo que afirma parece implicar que la oración puede tener efectos terapéuticos incluso a distancia…
-Ciertamente. Solo que hoy podemos apoyarlo científicamente con la Física Cuántica. Por ejemplo, con el fenómeno de las ondas escalares. Hablamos de unas ondas que tienen la extraordinaria propiedad de afectar a la estructura del espacio en todo el mundo instantáneamente; es decir, no se desplazan linealmente, no hay “velocidad” y, por tanto, sus efectos no disminuyen con la distancia. La existencia de las ondas escalares se propuso hace ya un siglo pero los físicos no acabaron de contemplarlo como una posibilidad real hasta hace poco. Hoy, sin embargo, como cada vez hay más evidencias experimentales de curaciones a distancia y de los beneficios reales de la oración su existencia ha vuelto a ser retomada. Y es importante porque muchas de las terapias complementarias están descubriendo que la sanación que funciona a nivel local también se puede realizar a distancia.
Otra perspectiva valiosa proviene del doctor Milo Wolff, un físico cuántico que ha descrito la interdependencia de toda materia con el resto de la materia del universo. Según postula cada partícula existente depende de las interacciones entre sus propias ondas y las provenientes de todas las demás partículas del universo.
Otros aspectos interesantes son la denominada Inseparabilidadcuántica o no-localización –según la cual todos los objetos cuánticos que alguna vez han interactuado siguen siempre de alguna forma en contacto-, el Teorema de Bell -fenómeno cuya realidad estableció experimentalmente en 1983 el equipo francés de Alain Aspect-y la Paradoja Einstein-Podolski-Rosen.
El experimento que demostró la no-localización cuántica se hizo con átomos de calcio puestos en un estado inestable de energía a fin de que emitieran un par de fotones idénticos que viajaran en direcciones opuestas a la velocidad de la luz. Porque en realidad eso implicaba que se separaban –al ir en direcciones opuestas- al doble de la velocidad de la luz. Pues bien, la tecnología moderna ha permitido seguir a esos dos fotones mientras se separaban y su comportamiento es muy extraño ya que cuando uno de ellos pasa a través de un polarizador –lo que cambia una propiedad llamada espín- resulta que el espín del otro fotón cambia también de forma instantánea. Y eso parece indicar que el primer fotón envía a su doble un mensaje que describe lo que sucede con él, no importa cuan lejos esté uno del otro o la rapidez con la que se estén separando. Solo que como la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein postula que no hay nada que pueda ir más rápido que la velocidad de la luz la conclusión es que tiene que existir algún medio de comunicación instantáneo entre esos dos fotones que alguna vez estuvieron juntos en el átomo de calcio. Einstein llamaría a ese fenómeno “acción fantasmal a distancia”. Es como si la separación de esas partículas fuera una ilusión y una vez estuvieron vinculadas deban estar siempre emparejadas. Los físicos cuánticos entienden que como toda la materia en el universo estuvo una vez reunida en un mismo lugar, antes del Big Bang, toda ella sigue estando interrelacionada. Los conceptos de Milo Wolff describen la base para ello. La discusión de este tema continúa en el mundo de la Física. Algunos aceptan la no localización cuántica y otros simplemente la rechazan..
-¿Se ha sentido alguna vez un “bicho raro” defendiendo entre sus colegas academicistas la base científica de prácticas milenarias como la sanación energética, el poder de la oración o la existencia del aura?
-No. Sobre ciencia se puede discutir y discrepar todo. Por ejemplo, yo puedo explicar a través de la Medicina Cuántica por qué la oración funciona a distancia y habrá gente, físicos cuánticos incluidos, que no estarán de acuerdo conmigo pero otros dirán que ven cada día en sus laboratorios la interacción entre elementos que están separados en la distancia. No habrá acuerdo completo pero es así como la Ciencia progresa: a partir del examen de nuevas hipótesis aunque sea para descartarlas. He llegado a entender lo que impide a la comunidad científica asumir todo o parte de lo que hemos estado hablando: para discutir inteligentemente sobre electrones uno tiene que saber al menos algo de Física Cuántica. Y muy pocos biólogos comprenden lo suficiente de ella como para poder conversar sobre aspectos electrónicos de la Biología. Lamentablemente esto sigue siendo así hoy. Y no porque la Física Cuántica sea difícil o poco importante. La penosa verdad es que rechazar toda nueva idea, la entiendan o no, es un comportamiento típico de muchos científicos. La mayoría son de hecho escépticos profesionales. En su ya clásico libro La estructura de las revoluciones científicas Thomas Kuhndescribió cómo los paradigmas científicos dominantes rigen el pensamiento de generaciones enteras de científicos y les enseñan qué investigaciones son dignas de estudio y cuáles no. Pero a nivel íntimo me siento bien porque estoy haciendo Ciencia.
Y explicándola, añadimos nosotros a sus últimas palabras. Antes de despedirnos, por cierto, Oschman nos sugirió que recomendáramos a nuestros lectores ver la película The LivingMatrix -que no tiene nada que ver con la saga The Matrix de Keanu Reeves- como ejercicio fundamental para entender por dónde va a transcurrir la medicina del futuro. ¿Lo han intuido ya? Pues va… ¡sobre electrones!

Antonio F. Muro

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